Una persona puede decir que habla y transmite mensajes de los fantasmas, pero para 20 personas esto puede ser mas tranquilizador que creer la verdad.
La muerte es uno de los pasos que más miedo dan y si alguno de nuestros seres queridos ha pasado a "mejor vida" preferimos creer que si esta en otra vida y no que todo lo que la hacia como era, se desintegra poco a poco alguno metros bajo tierra.
Gente como John Edward, se aprobecha de tecnicas de lectura fria, lanzando ideas y nombres al azar y deja que las personas le den "mas detalles" y sobre eso trabaja. Tambien se ha dicho que tiene microfonos y gente oculta en el publico, cuando lo pasan en television, ya paso por edicion y quitan los errorres y dejan los pocos "aciertos".
Para acabar quiero dejarlos con un fragmento de Carl Sagan acerca de fraudes y la necesidad de creer que todo fue verdad.
La muerte es uno de los pasos que más miedo dan y si alguno de nuestros seres queridos ha pasado a "mejor vida" preferimos creer que si esta en otra vida y no que todo lo que la hacia como era, se desintegra poco a poco alguno metros bajo tierra.
Gente como John Edward, se aprobecha de tecnicas de lectura fria, lanzando ideas y nombres al azar y deja que las personas le den "mas detalles" y sobre eso trabaja. Tambien se ha dicho que tiene microfonos y gente oculta en el publico, cuando lo pasan en television, ya paso por edicion y quitan los errorres y dejan los pocos "aciertos".
Para acabar quiero dejarlos con un fragmento de Carl Sagan acerca de fraudes y la necesidad de creer que todo fue verdad.
Una de las lecciones más tristes de la historia es ésta: si se está
sometido a un engaño demasiado tiempo, se tiende a rechazar cualquier
prueba de que es un engaño. Encontrar la verdad deja de interesarnos. El
engaño nos ha engullido. Simplemente, es demasiado doloroso reconocer,
incluso ante nosotros mismos, que hemos caído en el engaño. En cuanto se da
poder a un charlatán sobre uno mismo, casi nunca se puede recuperar. Así,
los antiguos engaños tienden a persistir cuando surgen los nuevos.
Las sesiones de espiritismo sólo se practican en habitaciones en
penumbra donde es muy difícil ver a los visitantes fantasmagóricos. Si
encendemos la luz y, en consecuencia, tenemos la oportunidad de ver lo que
ocurre, los espíritus desaparecen. Se nos dice que son tímidos, y algunos de
nosotros lo creemos. En los laboratorios de parapsicología del siglo XX,
existe el «efecto observador»: personas descritas como psíquicos dotados
encuentran que sus poderes disminuyen claramente siempre que aparecen los
escépticos, y desaparecen del todo en presencia de un prestidigitador
preparado como James Randi. Lo que necesitan es oscuridad y credulidad.
Una niña pequeña que había colaborado en un famoso engaño del
siglo XIX —se comunicaba con los espíritus y los fantasmas respondían las
preguntas con fuertes golpes— confesó al hacerse mayor que había sido una
impostura. Hacía crujir la articulación del dedo gordo del pie. Demostró
cómo lo hacía. Pero la disculpa pública prácticamente se ignoró y, cuando se
reconocía, se denunciaba. Los golpecitos que daba el espíritu eran demasiado
tranquilizadores para abandonarlos porque una persona confesase que aquello
era falso, aunque fuera ella misma la que lo hubiera iniciado. Empezó a
circular la historia de que los racionalistas fanáticos la habían obligado a
hacer aquella confesión.
Como describí antes, los bromistas británicos confesaron haber hecho
«círculos en los campos de cultivo», figuras geométricas que aparecían en los
sembrados. No eran artistas extraterrestres que trabajaban con el trigo como
si fuera su medio, sino dos hombres con una tabla, una cuerda y cierta
propensión a bromear. Sin embargo, ni siquiera cuando confesaron cómo lo
habían hecho cambió la opinión de los creyentes. Argüían que podía ser que
algunos círculos fueran un fraude, pero había demasiados, y algunos
pictogramas eran demasiado complejos. Sólo los podían haber hecho los
extraterrestres. Poco después, en Gran Bretaña, otros confesaron ser los
autores. Pero, y los círculos en los campos de cultivo en el extranjero, en
Hungría por ejemplo, ¿cómo puede explicarse eso? Entonces unos
adolescentes húngaros confesaron haber copiado la idea. Pero, ¿y...?
Para comprobar la credulidad de un psiquiatra especialista en
abducciones por extraterrestres, una mujer se presenta como abducida. El
terapeuta está entusiasmado con las fantasías que va hilando. Pero, cuando
ella le anuncia que todo es un fraude, ¿cuál es su respuesta? ¿Volver a
examinar sus notas o su enfoque de esos casos? No. En días distintos sugiere:
1) que, aunque no sea consciente, en realidad fue abducida; o 2) que está
loca: al fin y al cabo, fue al psiquiatra, ¿no?; o 3) que él era consciente de la
broma desde el principio pero se había limitado a ir soltando cuerda hasta que
ella se ahogase.
Si a veces es más fácil rechazar una prueba consistente que admitir
que nos hemos equivocado, es una información sobre nosotros mismos que
vale la pena tener.



















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